domingo, 11 de diciembre de 2016

TORO NEGRO CON LUZ DEL SOL

Sentada en una simple silla de estudio, puso las manos sobre sus muslos para relajarse e intentar vaciar su mente de toxinas.

Comenzó a pensar que su cuerpo se fusionaba con la silla formando una única masa con el modelaje de las estatuas de los faraones egipcios. 
Se sintió escultura fría como el bronce y visualizó el molde negro en el que se había convertido. No entendía el color, pero éso no era lo importante.

Comenzó a explorar su interior. A escuchar a sus órganos vitales cesando de su trabajo y amoldándose también, a una única forma que poco a poco dejaba ver que era una especie de pájaro. Negro. También negro. Con un pequeño pico naranja. Un mirlo recogía su esencia y ella se supo ave. Rovoloteó entre el espacio hueco del interior de la estatua, reconociendo su cuerpo sobre la silla. Desde los píes hasta la cabeza, una y otra vez.

En un instante,  observó la rendija que se había abierto entre los labios de la escultura y asomándose por ella, consiguió salir al exterior. Practicó su primer vuelo en un espacio más amplio y recorrió las cuatro esquinas de la mesa. Al ver el amplio ventanal, atravesó el cristal sin peligro y disfrutó del verde paisaje primaveral. Necesitó volar alto, alto, muy alto. Sin límite de espacio. Subió hacia el azul y atravesó unas densas nubes. Sus plumas, sacudían la humedad a cada aleteo y aún siendo pájaro, sintió flotar entre las nubes como si en lugar de volar, buceara. Buceara arriba y abajo en el inmenso mar de algodón.

De nuevo atravesó las nubes y vislumbró el paisaje allá abajo. Aprovechando su vista de pájaro distante del suelo, observó la primavera en la campiña y en el horizonte, una ciudad. Voló hacia ella hasta reconocer a Madrid. Su ciudad. Miró con sus ojos de mirlo, la visión de las cuatro torres desde arriba, la Castellana como siempre, llena de coches que iban y volvían. La Puerta de Alcalá mirando al Retiro y allí, vió a un gato entre las ramas de un árbol marrón, casi rojo. Sobrevolando a miles de metros sobre la Gran Vía, también vió como las ratas circulaban bajo su asfalto y unas cucarachas trepaban por una alcantarilla hacia la luz.

Necesitó salir de esa visión, y volvió a subir y a subir atravesando las nubes una vez más. Dejándose sostener por el oleaje de algodón con sus alas extendidas. Descansó. Cerró los ojos y sintió en el pico de sus alas la necesidad de seguir volando y sentir el aire peinar sus plumas. Así, volvió a ver la ciudad desde los Jardines del Moro y al fondo la Casa de Campo con sus verdes y su fauna entre animal y humana. Viró hacia el norte y divisó las montañas que aún, conservaban nieve en sus cimas. Dirigió su vuelo hacia la Sierra con la vista puesta en el bosque hasta que llegó a él y vislumbrando una senda, se posó sintiendo de nuevo sus pies en el suelo. Mirando hacia arriba, vió que el mirlo se despedía de ella, y ella, comenzó a caminar la senda hacia la cima de la montaña.

En el camino, encontró un pequeño torrente del deshielo, manando de la pared del monte. Sintió mucha sed y bebió del agua, pero antes, llenó sus manos y se lavó la cara. Notó el frío del hielo líquido y olió su aroma a tierra y verdes puros. Mantuvo un instante la humedad de sus frios dedos sobre los ojos. Sosegando sus párpados cansados. Al separar los dedos y abrir los ojos, una neblina cubría el ambiente y a lo lejos, un animal grande se acercaba, un toro de lidia negro como la noche.

Intentó negar la visión. Rechazar a aquél animal que reconociendo como el símbolo de su horóscopo, creyó fruto de su autosugestión. Pero el animal continuaba acercándose. Haciéndose más real con la aproximación. Tranquilo, con la nobleza de su porte. Con las patas bien pegadas a la tierra, el animal se acercaba. Ella no sintió miedo y al tenerle frente a ella, le abrió las manos ofreciéndole el alimento que le había nacido en sus palmas.

El toro se acercó un poco más y olió el pasto fresco que se le ofrecía y mientras comía, iba lamiendo con su lengua las palmas de las manos que le alimentaban y que no cesaban de llenarse de hierba. Ella notaba la rugosidad de aquella lengua. Su sequedad al arrastrarse sobre la piel de sus manos, mientras animal y mujer, se miraban a los ojos. Ambos, supieron quienes eran al mirarse. Se reconocieron. El toro transmitió cariño en su mirada y ella sintió algo parecido a la felicidad.

El toro la guió a una planta extraña, desconocida. Frondosa y atrayente, donde ella quiso sentarse a descansar mientras el toro le posaba en la mano izquierda una semilla. Supo que debía encerrarla en su puño y no perderla. No había visto lo que era,  en su mano solo notaba la forma de un hueso de melocotón. Sin perder de vista a su nuevo amigo, sintió el abrigo de una última mirada y comprendió que era una despedida. El toro negro, con su porte de lidia, se alejaba por el sendero que se iba cubriendo de helechos, a la vez que la extraña planta encogía y encogía con ella dentro.

Encogió tanto, que la bajó de ése espacio paralelo y superior, al que ella había llegado, hasta posarla en el suelo terrenal y conocido. Levantó la vista y observó al mirlo que regresaba y la llamaba para que de nuevo le habitara. Así lo hizo y siendo pájaro, regresó a su molde para entrar en él por la misma rendija que había escapado.

Un par de vuelos en aquél interior hasta notar que el mirlo volvía a convertirse en corazón y venas, en hígado y entrañas, en esqueleto y músculos, en motor que inspiraba y expiraba hasta sentir de nuevoo la sangre recorrer sus venas, los dedos moverse sobre sus muslos, el pecho hincharse y abrir los párpados despacio, muy despacio, sintiendo antes de ver sus ojos, una emoción que la embargaba el ánimo y las ganas de llorar al sentir el vacío latiendo con cada pulso del corazón.

Recordó el regalo-semilla que el Toro le había ofrecido y que ella aún portaba en su puño izquierdo, cerrado con fuerza para no perderlo. Al abrir la mano, donde creía que iba a encontrar el hueso de melocotón, halló una palabra. Una palabra-semilla. Que ella supo que debía plantar cerca. Muy cerca. Donde siempre viera cómo germinaba y crecía.

En soledad, esta mañana salió a su balcón. Se arrodilló ante la jardinera de azaleas y olivo. Removió la tierra hasta cavar un pequeño hoyo donde depositó su semilla para cubrirla de tierra. Hincó los dedos para que el aire entrara hasta la semilla e impregnar a la vez,  sus uñas de aquél abono, que ya guardaba el aroma de la palabra-semilla y que ella se acercó al pecho.

Una lágrima nació en sus ojos para regar la tierra.




Ahora, en la jardinera de su balcón, tiene plantadas unas azaleas que en primavera florecen de púrpura. Un pequeño olivo, del que cosecha un par de aceitunas cada año. Y una nueva palabra-semilla que gracias a sus cuidados, germinará pronto y de ella lucirá una codiciada flor, de nombre: SOSIEGO.




Asunción Caballero

5 comentarios:

  1. Bellísimo y envolvente relato, Asun. Me he llevado una grata sorpresa, pues no te esperaba en este registro narrativo. Posiblemente por mi experiencia, me has llevado de la mano en un ejercicio de relajación donde nos hacemos uno con todo aquello que nos rodea, al tiempo que se siente la nada. Enhorabuena.

    Besos.

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  2. Quien tuviera alas para poder Volar lejos de vez en cuando. Bellisimo relato. Gracias!

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  3. MMmm... sosiego!!! de verdad ese pajarito precioso tras salir de esa estatua hierática fría e inhóspita ( tiene toda la pinta de ser así ) ha conseguido sosiego?... ojalá mi querida MASC ... ojalá tras revolotear por todos los contornos y ese encuentro con el poderoso toro no se si de Osborne o solo de lía haya conseguido el sosiego viendo crecer a sus dos semillas porque me consta que los arbolitos que ha surgido de ellas son maravillosamente encantadores casi tanto como el preciosísimo pajarito protagonista de tu historia ... que a veces habitemos lugares frío y pétreos puede ser que nos sirva para valorar aun más lo esponjoso de las hojas, la hierba y el campo al recostarnos en ellas y lo cálido de un fuego amigo cuando frente a él disfrutamos de su crepitar ... la fortaleza de un toro y su nobleza siempre es una compañía inestimable. Pura metáfora preciosa esta maravilla que has escrito ... tenemos que volar en palabras un día de estos ... se acerca la Navidad y ... bueno que sabes todo lo mucho y bueno que te deseo mi preciosa MASC. Gracias por este cuento precioso!!!

    Montón de besos con todo el muchísimo cariño que sabes te tengo...
    Ale! y ahora a revolear por ahí que es domingo !!!

    ; )

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  4. " el toro y tú , os reconocisteis" ya decia yo que tienes mucha fuerza.

    Espero que esa semilla florezca. Un abrazo .

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  5. Algún día te he dicho, y hoy te repito, que eres una cajita de sorpresas, vales para todo, mi niña.
    Si bonitos son tus poemas, tu narración es excelente, engancha.
    Llevas mucho en potencia y llegarás lejos.
    Cariños en un fuerte abrazo.
    Kasioles

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