martes, 4 de noviembre de 2014

PARA VOLAR, SÓLO HAY QUE EXTENDER LAS ALAS

Imagen: Elena Vicerskaya

Hoy, se supo libre. No fue una revelación, fue concienciación. Ella lo había vivido anteriormente, cuando la vida corría entre paños y los algodones familiares la mimaban.

Entonces, era una joven que soñaba, con ser una buena esposa, trabajadora y madre. Finalizó sus estudios de arte, una librería fue su empleo. 

Allí le conoció una tarde de primavera, y el amor fue tan rotundo, Tan auténtico, tan verdadero, que antes del otoño se unieron en el altar mayor de la catedral.

Para todo el mundo, había conseguido algo bueno, un hombre atento, simpático y trabajador. Al principio, no supo ver los cambios, su alarma interna dejó de funcionar.

Él seguía siendo para familiares y amigos,  un hombre cautivador. Era al quedarse solos, al cerrar sus puertas al mundo, cuando se convertía en un auténtico terror.

Sus palabras la ensuciaban con adjetivos que jamás pensó que la describieran. Sus empujones la demostraban que era poco su valor -una simple mujer-, dependiente del amor de un hombre.

No había abandonado su trabajo,  aunque cada noche él así se lo pedía con palabras llenas de ternura... Era su ancla a la realidad,  el lugar donde era ella sin la sombra -de quien la quería ocultar-.

En noviembre, se adelantó el invierno... A las palabras de desprecio,  se unió un empujón. Después,
una bofetada, un puñetazo, y aquella patada que la dobló en dos...

No pudo ir a trabajar. Fingió un catarro ante los demás. Él la cuidó y sanó a besos, suplicó perdón…
Ella le creyó. Se culpó por haberle contrariado, por querer hacer valer su opinión.

Todo fue bien hasta que volvió de nuevo al trabajo. A su vida de joven en flor.

La siguiente paliza la dejó incapacitada, en una silla de ruedas para siempre…

Pero hoy, de nuevo la primavera florece, ya nada impide su vuelo.

La ley actuó en cuanto solicitó consuelo, y en la cárcel de los inhumanos, donde se pudren los “omvrecitos” cobardes, -aquellos que no merecen llamarse HOMBRES-, quedará para siempre olvidado ese amor que la aprisionó.

Y ella, hoy, se sabe libre, desde su silla de ruedas aprendió a extender las alas, y a volar, por fin, en libertad.




© Mascab (25-junio-2014)


No más violencia de género
 eduquemos en igualdad

1 comentario:

  1. No sé si esta historia está basada en la realidad, seguro que si...Te felicito por la claridad y la atinada crítica con la que la has escrito, Mascab...Ojalá todas las mujeres maltratadas, tengan oportunidad de abrir alas y alzar el vuelo, ojalá...Mi abrazo inmenso y mi ánimo siempre, amiga.
    M.Jesús

    ResponderEliminar

...Y ahora dime, ¿qué opinas tú?