miércoles, 21 de agosto de 2013

EL MALECÓN


Rebeca caminaba despacio por la solitaria avenida que aún dormía la calurosa noche. El halo de luz que apenas iluminaba el terreno entre las farolas equidistantes, proyectaba sobre las bocacalles que morían en el malecón,  las tenebrosas sombras  de los sauces y las palmeras.

Sus pasos eran decididos aunque no sabía bien cuál sería su destino. Simplemente debía pasearse arriba y abajo durante las últimas horas de su turno, sin dejarse escapar ningún suspiro que sus oídos pudieran oír, ni un sólo movimiento que sus ojos pudieran observar.

Los garitos echaban los cierres metálicos intentando amortiguar aquél ruido que era inevitable cuando la persiana de chapa bajaba hasta encajar besando el suelo de las aceras.

Tambaleantes, los últimos noctámbulos se dirigían quizás algunos hacia sus casas, tal vez otros, buscarían dónde les sirvieran un último trago que retrasara la hora de regresar a sus rutinas.

Todo era igual noche tras noche en aquella avenida cuando la luna cedía su trono a sol. Los aspersores que humedecerían levemente el ambiente mientras regaban los jardines del bulevar central, no tardarían en comenzar a girar con su siseante melodía.

De pronto, Rebeca detuvo su marcha. Algo que se escapaba a los sonidos de cada noche, se adentró por sus oídos y una sombra dejó de ser estática al inicio de la calle que se dirigía hacia el amarradero. Había sido apenas un silbido, pero estaba tan fuera de lugar y  tan inesperado, que con un pálpito, su corazón se encogió levemente a la vez que sus cinco sentidos se alertaban.

Comenzó a caminar sigilosamente hacia la oscuridad de la bocacalle, sintiendo un sudor frío goteando bajo la gorra del uniforme que recorría lentamente su nuca. Quizá debería avisar a la central, pero se sintió tonta solo de pensarlo. ¿Qué les diría, que una sombra la había asustado?. todos se mofarían de su inseguridad y los compañeros masculinos la mandarían a casa a cocinar y poner la colada...mejor, investigaba por sí misma antes de dar la voz de alarma.

Quedaban pocos pasos para salir de la calle y no había encontrado nada en su camino. Tan sólo llegó  a escucha el sonido que desde un tv se escapaba por la ventana de alguien a quien el calor no permitía dormir.

Las luces del embarcadero iluminaban el desierto puerto de pescadores adentrándose unos metros al final de la calleja. Rebeca no encontró nada inusual en su camino. Había cruzado desde la avenida principal hasta llegar a la lonja donde aún no se apreciaba ningún movimiento. Sus trabajadores debían estar saliendo ya de sus casas para esperar a los barcos de pesca nocturna que todavía se hallaban en la oscuridad del mar.


Quedaban por dar unos pasos más para salir a la claridad del malecón, cuando la sombra se abalanzó sobre ella. No tuvo tiempo para desenfundar el arma reglamentaria. Unas manos fuertes agarraron sus brazos y la empujaron de cara a la pared sin soltarla. No podía ver a su agresor. Intentó en vano zafarse de aquella fuerza que la inmovilizaba. Escuchó la ronca voz de su asesino al sentir la entrada del puñal que destrozaba su columna a la altura de la zona lumbar, -quieta nena, quieta. no grites y con suerte, sólo quedarás en una silla de ruedas-. 

Cuando notó la salida del punzón, sintió un líquido caliente empapar la trasera de sus pantalones, justo en el momento en que las piernas dejaron de soportar el peso de su joven cuerpo y caía al suelo sin poder evitar un doloroso aullido...fue entonces cuando vió una cara cruzada por una horrible cicatriz, unas manos que robaban su pistola del cinturón y el reflejo de la luz del malecón en aquél puñal ensangrentado empuñado por una mano que lo dirigía de nuevo hacia ella...y en ese mismo momento, alguien la luz apagó, y el silencio se adueñó de su vida.